Friday, October 09, 2009

LAS FAMILIAS ANTIOQUEÑAS: ENTRE LA TRADICIÓN Y EL CAMBIO

Luis Julián Salas Rodas

Sociólogo
Especialista y Magister en Ciencias Sociales 
Magister en Ciencias de la Educación
Director Ejecutivo de la Fundación Bien Humano
www.bienhumano.org


Las familias como grupo humano conformado por vínculos de sangre, de parentesco y afinidad es, a su vez, resultado de la historia, de la cultura y de la sociedad en la que se desenvuelve. Inherente a las funciones que cumple como la protección material, sicoafectiva, la socialización, la provisión económica las familias son portadoras, reproductoras y agentes de cambio de tradiciones, costumbres, valores, hábitos, normas y creencias.

La historia

La Antioquia de los siglos XVIII y XIX era una sociedad rural. Las familias derivaban su sustento de las actividades agrícolas y en menor medida de la minería y el comercio. La pequeña y mediana propiedad conformaban el soporte económico donde la titularidad estaba en cabeza del padre-hombre cuyo principal papel era el de fungir como proveedor económico de su grupo familiar. Su esposa legítima debía ocuparse de los oficios domésticos y de las tareas de la crianza y educación de los hijos. Casarse y tener descendencia era el mandato de la cultura. Tener una prole numerosa, asegurar el apellido y una familia para ejercer mando y dominio era el principal proyecto de vida de los hombres de esa época. No se concebía una vejez en soledad, sin el apoyo y la presencia de nietos y nietas. Un matrimonio sin hijos se consideraba una tragedia, una maldición bíblica. La división sexual, laboral y de género no daba lugar a equívocos. A diferencia de otras regiones del país en Antioquia la influencia de la iglesia católica fue determinante en la cultura y en la organización social. Todos los sucesos de la vida personal, familiar y comunitaria caían en la órbita vigilante y censurable del clero. No había una ética civil sino una fuerte moral católica. La vida religiosa era deseada y fomentada por los padres como destino para sus hijos. Otras formas de soltería, tanto masculina como femenina, eran objeto de crítica y condena social. El rezo diario era una práctica familiar muy arraigada entre los antioqueños.

No tener un apellido paterno y no hacer parte de un tronco familiar reconocido significaban la exclusión y la discriminación social y económica para la persona. Las oportunidades, el estatus, los empleos públicos, la identidad personal, el matrimonio dependían del tamaño y del peso de la parentela. ¿Quiénes son tus padres? ¿De donde procedes? ¿Con quien vives? ¿De quien eres pariente? ¿Qué tan blanco tienes la piel? Constituían los frenos y/o pasaportes de ascenso y movilidad social. La familia patriarcal imponía sus valores y normas. El padre como objeto de respeto reverencial por la vía del temor y no del afecto; la madre como objeto de exaltación afectiva por su modelo de abnegación y sacrificio; los hijos y las hijas como sujetos de propiedad absoluta de sus padres. El paternalismo, derivado de la familia patriarcal, impregnaba las relaciones y la convivencia con la servidumbre y con quienes se consideraba inferiores socialmente.

Inicios del cambio

El crecimiento vegetativo de la población y la imposibilidad de dividir, por herencia, la propiedad obligaron a la emigración de la prole numerosa a otras regiones. Fue así como a mediados del siglo XIX con la introducción del cultivo del café se dio inicio al proceso de colonización antioqueña en el territorio de los hoy departamentos de Caldas, Quindío y Risaralda. “Con el perro andariego y el hacha de mis mayores” cientos de familias hallaron y tomaron propiedad de baldíos oficiales, llevando consigo, además, usos y costumbres de la cultura paisa en la vida pública y privada.

Los cambios y transformaciones del siglo XX incidieron en las familias antioqueñas. En un siglo Medellín paso de ser un pueblo de 59.815 habitantes (censo de 1905) a una urbe de más de 2.200.000 de habitantes (censo de 2005). La industrialización y los fenómenos de violencia política contribuyeron al incremento poblacional y al predominio de la vida urbana. Las redes parentales y veredales sirvieron para hallar ubicación y acomodo en la ciudad. Barrios como Buenos Aires se conformaron con emigrantes del los municipios del oriente antioqueño. Medellín se pobló y creció gracias a las familias oriundas del departamento siendo la participación foránea escasa. En este sentido lo homogéneo, lo similar era la norma mientras que lo diverso y lo diferente era la excepción. Tanto ricos como pobres compartían similares tradiciones religiosas, culinarias y familiares. La migración campo ciudad no fue un proceso planeado, organizado. Una sociedad y una cultura poco tolerante a la aceptación de lo extranjero. Los nuevos emigrantes presionaron por empleos, servicios públicos, vivienda, salud y transporte. La urbanización pirata y los barrios de invasión desbordaron la capacidad de respuesta del Estado, la economía y la sociedad. La vivienda precaria y el asentamiento subnormal no era el entorno más propicio para albergar una prole numerosa. A diferencia de la vereda y el terruño, el barrio no proveía la subsistencia familiar. El “Pater Familias” y su familia patriarcal perdió su sustento material. El campesino, el labriego debe dar paso al obrero, al operario, al empleado. El ingreso familiar ya no se obtiene de la venta de legumbres, hortalizas, frutas o animales sino de un salario, de una vinculación laboral formal para la cual es necesario tener contactos, capacitación, experiencia y educación. Ante las nuevas circunstancias las familias se adaptan y emplean estrategias como el trabajo de la mujer y de los menores. Los hijos ya no están solo circunscritos a la influencia exclusiva de los progenitores o de sus parientes como en las comunidades rurales. El barrio y la ciudad los atraen para bien o para mal.


La modernidad

En los países occidentales el siglo XX posibilitó el reconocimiento de los derechos políticos y sociales de la mujer, su reconocimiento como ciudadana y su equiparación ante la Ley con el hombre. Su acceso a la educación, al mercado laboral, a la vida pública y a los métodos de planificación familiar conllevaron cambios significativos en su rol de madre y esposa. El ser ya coprovidente de los gastos del hogar replanteo sus funciones y estatus en la familia conllevando un quiebre más en la estructura patriarcal y en el tamaño de la prole. Cambios que son ya irreversibles en la sociedad. Las familias antioqueñas han sentido, también, los cambios que ha traído la modernidad. El aumento de las separaciones, los divorcios, en el incremento de la jefatura femenina, la reducción en el número de hijos, en los espacios de las viviendas, la eliminación de la potestad marital así como el tratamiento y consideración más equitativo en la relación de pareja. El siglo XX trajo consigo, también, la secularización de la sociedad y la perdida de influencia de la religión católica en la vida familiar. El Estado y la sociedad reconocieron las uniones libres, el matrimonio civil y el divorcio. El concubinato y la bigamia dejaron de ser pecado y delito.

Aquí y ahora...

¿Cuál es el panorama de las familias antioqueñas en los inicios del siglo XXI? Tres son los escenarios en los cuales las podemos ubicar y caracterizar: la tradición, la transición y la ruptura. Las tres formas coexisten en el presente y se dan bajo una misma estructura de parentesco. Existen familias conformadas bajo el rito católico, con pareja monogámica estable, padre proveedor y madre hogareña. Hay familias donde la pareja vive en unión de hecho, ambos trabajan y comparten los oficios domésticos, la crianza de los hijos y la relación se establece en un contexto de dialogo y democracia. Y otras familias, no las más numerosas, que han roto con la tradición, han superado la transición y se sitúan en el plano de la ruptura, aquí los roles de la pareja pueden estar invertidos, existiendo distintos arreglos para la vida doméstica y las relaciones con los hijos. Las familias no se están acabando, ni se van a desintegrar por completo. Se recomponen. Unas funciones se debilitan, otras pasan al Estado, otras se fortalecen. Si bien el enfoque de derechos, los progresos en la legislación, en la educación y en la conciencia colectiva propenden por una vida familiar más armoniosa aún persisten el abandono, el maltrato infantil, la violencia contra la mujer, el abuso sexual como factores atentatorios de esa armonía. Diversas situaciones de ambivalencia envuelven hoy a las familias antioqueñas: Por un lado la elegía a la unidad, la devoción a la madre, la nostalgia por la vida del campo, por crecer rodeado de hermanos y parientes; por el otro lado, el disfrute de una mayor autonomía personal, la libre determinación del estado civil, de vivir solo, en pareja o sin hijos y sin la tutela del que dirán los parientes o del cura párroco. Persiste el orgullo y la identidad que da un apellido, de ahí la reunión anual de parientes, de varias generaciones, que comparten un mismo tronco familiar; permanecen los lazos con el terruño de origen, de ahí las reuniones mensuales de las colonias. Se mantiene el gusto por la “bandeja paisa” sobre todo cuando estamos fuera del Valle de Aburrá y no fallan con las llamadas telefónicas semanales ni con el dinero de las remesas a sus familias quienes viven en el exterior. Las familias antioqueñas no olvidan las tradiciones pero las seduce el cambio...

2 comments:

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