Friday, July 08, 2011

DE LA CRIANZA, FORMACIÓN Y RESPONSABILIDAD FRENTE A LOS HIJOS



Luis Julián Salas Rodas

Sociólogo
Especialista y Magister en Ciencias Sociales 
Magister en Ciencias de la Educación
Director Ejecutivo de la Fundación Bien Humano

 En las sociedades tradicionales del pasado  los roles y  funciones paterna y materna estaban definidos:   el padres proveedor, máxima autoridad y la madre dadora de afecto y encargada de la vida doméstica.  La familia patriarcal se caracterizaba por el predominio masculino en el ejercicio de la autoridad y la sumisión de la mujer y los hijos a los designios del jefe paterno.  La prole y la parentela numerosa era otra de sus características.  Familia y hogar constituían una unidad indisoluble.

El tránsito hacia  la modernidad, a la industrialización, a lo urbano implicó cambios significativos en la concepción y desempeño de los roles y funciones de los padres y madres.  Nuevas instituciones creadas por el  Estado y la sociedad empezaron a asumir tareas y responsabilidades que eran de la familia.  La educación formal, la atención en salud, el cuidado de enfermos y ancianos fueron, entre otros, servicios transferidos a la escuela, el hospital y el asilo.

El paso de campesino agricultor, dueño de la tierra y de los frutos de su trabajo, al de obrero asalariado en la ciudad fue el primer campanazo de la quiebra del modelo patriarcal de familia.  El segundo detonante fue la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral, su reconocimiento como ciudadana,  su acceso al sistema educativo y la posibilidad real de planificar el número de hijos.  Los bajos salarios y las restricciones a la cualificación de su fuerza de trabajo fueron determinando la pérdida de poder, imagen,  influencia y autoridad del padre en la familia.  La coproveduría femenina se fue haciendo indispensable para solventar los gastos de sostenimiento.  La familia nuclear era la forma de familia más adecuada en los inicios y gran parte de la modernidad.   Padre, madre, hijos: la  pareja heterosexual y dos generaciones que convivían bajo un mismo techo.  La armonía y la complementariedad de roles como paradigma de la vida conyugal y familiar.  El divorcio como impedimento legal y la separación como anatema social eran contenedores de la unidad junto con la moralidad religiosa.

Los cambios demográficos, legales, sociales y culturales incidieron en la composición y dinámica familiar.  Nuevas formas de organización familiar se fueron configurando con el aumento de los divorcios y separaciones.  La familia monoparental de jefatura femenina y las nucleares poligenéticas resultado de la nupcialidad reincidente surgen como nuevas formas de tipología familiar.  La lectura inicial, los efectos de los cambios se percibían como el fin de la familia, de su desintegración.  La investigación y otros enfoques de abordar la familia dieron luces para comprender lo que pasaba: los ajustes de la institución familiar a los cambios y demandas socioculturales. 

¿Y entre estos “ires y venires” de la familia que sucedió con los hijos, con los niños, niñas y adolescentes?  De numerosos hermanos pasamos a pocos, producto de la planificación y descenso de la fecundidad.  Del padre proveedor y autoritario al padre ausente e irresponsable.   De la madre hogareña y recluida a  la madre-padre trabajadora.  La función e imagen paterna se hizo débil mientras que la función e imagen materna se sobrevaloró.  En las familias de jefatura femenina, ella concentra la autoridad, la aplicación de sanciones y permisos, el vínculo afectivo y los ingresos económicos.  La violencia, el maltrato y el abuso sexual e infantil, por parte del  jefe  hombre, aumenta su frecuencia e intensidad en las familias nucleares.  Aumenta, también, el porcentaje de niños y niñas que crecen con familiares sin la presencia paterna y materna.  El 52% de los hijos, en Colombia,  son o no deseados o nacen a destiempo.  (Encuesta de Salud y Demografía.  PROFAMILIA.  2010).

En nuestro país los efectos de la modernidad occidental han de sumarse, en cuanto a las relaciones familiares, a los del conflicto armado, el desplazamiento forzado, la migración por razones económicas y el reclutamiento infantil.  El abandono y la negligencia en los deberes de la crianza siguen vigentes como una nociva práctica cultural.  En los sectores populares de las ciudades la niñez y la juventud son involucrados  por actores armados que infiltran, además, a las instituciones educativas. El trabajo infantil, en condiciones de explotación, aun no se ha erradicado. El embarazo en adolescentes sigue alto (una de cada cinco mujeres es madre adolescente) y baja la edad en el consumo de cigarrillos, alcohol y drogas. Como notas positivas se reseña el interés creciente por la primera infancia en las políticas y presupuestos públicos, el desarrollo de la ley de Infancia y Adolescencia bajo el enfoque de derechos,  la ley de Protección Integral a la Familia, el trabajo en alianza entre los sectores público y privado, y de la inclusión del tema de familia en el Plan de Desarrollo del gobierno del presidente Santos.

La crianza, los cuidados, la formación y la educación de de los hijos e hijas sigue,  y seguirá siendo, responsabilidad primaria de las familias.  El Estado, la sociedad, las comunidades, las organizaciones sociales son, como no, corresponsables en el cumplimiento de estas tareas.  Su función no es la de sustituir a las familias sino la de apoyar y acompañar.  Todo aquello que las familias dejen de asumir, o asuman a medias, como responsables directos de los hijos e hijas  afectará al Estado y la sociedad en su conjunto.  Los estudios en sicología evolutiva, en infancia, en el ciclo vital humano confirman  la importancia que tienen los padres, madres y adultos en la formación de la personalidad y el carácter de los niños. 

La presencia, permanencia, constancia y coherencia de los adultos es esencial, sobre todo en la primera infancia (desde la concepción a los seis años).  Son las figuras de identificación más significativas.  Después de la primera infancia su influencia entra a competir con la de los compañeros generacionales, los medios de comunicación y, hoy en día, el mundo virtual y las redes sociales.  Cuando se afirmaron las bases, las cepas,  de la confianza, del afecto, de la autoestima, de la seguridad emocional, de la autonomía, de la solidaridad, de la creatividad y de la conciencia moral es posible que el niño y el adolescente integren conocimientos, habilidades y competencias para afrontar los problemas y retos que conlleva el transcurrir de su vida personal, familiar, laboral y ciudadana.  Cuando las bases familiares no se dieron o fueron endebles los proceso del desarrollo humano y de socialización  se resienten. Los infantes requieren, necesitan establecer  vínculos afectivos, maduros y estables, en su medio familiar y social.  Los cuidadores del vecindario,  los profesionales expertos del jardín infantil, la madre  comunitaria pueden aminorar la carencia afectiva pero no sustituyen a los padres y madres biológicas o adoptantes.

Las prolongadas jornadas de trabajo y las demandas laborales, así como la asunción de funciones familiares por parte de organizaciones estatales y sociales ha conllevado a que los hijos estén más tiempo con terceros que con los padres.  Muy rápido transcurren los años de la primera y segunda infancia, años en que la influencia parental es mayor y más decisiva; luego vienen los años de la adolescencia cuando los pares, amigos, compañeros, novios y novias centran el interés y la atención de los hijos.   El proceso de la autonomía y los conflictos con las normas y la autoridad, propios de la adolescencia, se agravan cuando la relación parento-filial no se afianzó en las etapas  tempranas del desarrollo.

Cuando la pareja convive con los hijos, un asunto es la relación conyugal (erótico-afectiva) y otra es la relación de la pareja con su prole. Cuando la convivencia conyugal no es posible y surge la separación o el divorcio como un hecho inevitable, surge, también, el riesgo para los hijos de convertirse en objeto de abandono o de disputa.  Fenómeno conocido por los expertos en familia como síndrome de alienación parental.  El interés superior de la crianza, la formación y responsabilidad se antepone, muchas veces, a los resentimientos y mutuas recriminaciones de los cónyuges.    

El apoyo y acompañamiento del Estado a las familias no debe reducirse al subsidio monetario, a los programas de salud y nutrición, a la educación gratuita y a la vivienda digna. El reconocimiento y protección de los derechos no debería limitarse a los individuales.  El legislador ha de avanzar hacia los derechos  y deberes colectivos.  El abandono y el no cumplimiento de las responsabilidades parentales, no solo la inasistencia alimentaria, deben sancionarse desde los tribunales de justicia.  A semejanza de lo que ya se viene haciendo con el uso de la pólvora por parte de los menores de edad,  padres, madres, tutores y parientes deben ser llamados a responder por los perjuicios y daños que sus hijos y dependientes causen al entorno y a  la sociedad.  Ser responsable implica asumir tareas,  compromisos, en lenguaje cotidiano: dar la cara.  Los padres y madres biológicos no pueden ser solo progenitores y la pobreza excusa para desentenderse de la crianza y trasladarles  a otros la responsabilidad.

Como sujetos de derechos los niños y las niñas ya no son “propiedad” de sus padres y madres. Ya pasó la época del autoritarismo, de la irrestricta obediencia, de los internados, de los castigos físicos en las familias y los colegios. La añoranza que lleva a revivir modelos de pasado no es viable.  La autoridad sobre los hijos debe ganarse no por el poder del miedo sino por la vía del ejemplo, la coherencia y la legitimidad.
La democracia, la formación de ciudadanía es también asunto de la convivencia familiar y escolar. El respeto por la diversidad de opinión, por la escucha activa, por la argumentación dialogada de las decisiones entre la pareja y entre esta y los hijos demanda paciencia, muchos esfuerzos, no es un asunto fácil. Los tiempos actuales son de nuevas definiciones en la concertación de las  relaciones laborales, parento-filiales y generacionales. Sin paternidad y  maternidad  responsable no hay crianza y formación  positiva del ser humano.  Al contario del pasado, la vida moderna ofrece la oportunidad de mejorar las pautas y prácticas de crianza gracias a los avances de la puericultura  y la educación familiar.  Aquí vale afirmar que no todo tiempo pasado fue mejor…