Friday, October 16, 2009


EN MEMORIA DE ESTHER BROGGI AUGSTBURGER


Luis Julián Salas Rodas

Sociólogo
Especialista y Magister en Ciencias Sociales 
Magister en Ciencias de la Educación
Director Ejecutivo de la Fundación Bien Humano
www.bienhumano.org 

Medellín, 18 de marzo de 2003


Corría el año de 1967 cuando Antonio de 25 años y Esther de 24, recién casados, llegaron de Suiza para trabajar con la Brown Boveri en Colombia. Fijaron su residencia en Medellín y aquí permanecieron con nosotros por 21 años, los mejores de sus vidas, hasta 1988 cuando regresaron a su país. Provenza era entonces un agradable lugar habitado en su totalidad por familias, con vida de barrio donde los vecinos se conocían por sus nombres y sus ocupaciones. No sabíamos aun de unidades cerradas, de bloques de apartamentos, de administraciones, ni de porterías vigiladas. La calle, la cuadra, la manzana y la parroquia eran los espacios de encuentro y convivencia de niños, jóvenes y adultos.. Fue en este acogedor entorno donde la mayor parte de los aquí presentes pudimos entablar una relación de amistad sincera, cordial y leal con los Broggi. Fue aquí, en el “pueblito viejo”, como solía llamarlo Esther, que nació y creció su apego por esta tierra y por su gente. En compañía de Erika Rühle, otra gran amiga suiza que vivió también en Provenza, se hicieron famosas por portar con mucho orgullo el carriel antioqueño en lugar de la femenina cartera.

La música, la comida, las artesanías, los chistes, los modismos colombianos eran siempre motivo de conversación y tema para mostrar a los paisanos suizos que los visitaban. Y, lo más lindo de todo, fue que este cariño por nosotros no disminuyó nunca en los 15 años que vivió en Suiza a su regreso. En todos los rincones y paredes de su casa estaba presente una bandera, un afiche, una foto, un recuerdo de su gente y de su segunda patria. La música que escuchaba era, casi siempre, colombiana, y cuando en alguna ocasión al sintonizar la radio escuchó del locutor decir que la canción “Se va el caimán” era venezolana tuvo el arrojo de llamar indignada a la emisora a corregir el error y decir que era muy colombiana. Lucia con orgullo, también, camisetas alusivas a Medellín y a Antioquia; acompañaba con entusiasmo a los ciclistas colombianos de gira por Suiza y recolectaba entre sus amistades dinero para enviar a los niños de Ciudad Don Bosco, la obra social que tanto quiso y apoyó, aún en su funeral, pues fue su último deseo que sus familiares y amigos en Suiza no enviaran flores sino un donativo a la cuenta de Ciudad don Bosco en la oficina de Berna. Su enfermedad no le permitió realizar su más ferviente deseo: el de venir a Medellín a compartir y saber de nosotros. ¡Qué ejemplo! Qué lección de vida la que nos dio de amor entrañable a una tierra de la cual tantas veces renegamos y hablamos mal.

Escribió, con sabiduría, la madre Teresa de Calcuta que el egoísmo es la causa de todos los males de la humanidad. El egoísmo es ese sentimiento negativo que enrarece nuestra mente y corazón impidiéndonos compartir y convivir en armonía con el prójimo. Pero, no con la frecuencia deseada, la vida nos da el chance de conocer, tratar y aprender de personas excepcionales las virtudes del altruismo, de la generosidad, del desprendimiento y del servicio desinteresado a los demás. Y en Esther tuvimos la fortuna de encontrarla. Esther la que nunca negó una ayuda al necesitado ni hizo distinciones de clase social; Esther la amiga leal, la que nunca divulgo una confidencia; Esther la amiga que siempre tenía tiempo para escuchar y dar el consejo apropiado; Esther la amiga que siempre recordaba nuestros cumpleaños, la que jamás falló con la tarjeta de navidad, con la llamada oportuna, o con el ramo de flores en las fechas especiales, aun en los últimos tiempos de su penosa enfermedad. Esther la esposa amorosa e incondicional. Esther la amiga experta en el arte de dar y convidar. Esther la amiga cariñosa de niños y animales. Esther la mujer valerosa que lucho con entereza y dignidad contra su enfermedad, la que no dejo amargar su corazón por las pérdidas dolorosas de su padre, de su madre y de sus embarazos no llevados a feliz término. .

Cuando la vida nos priva de seres tan valiosos nuestra fe tambalea. Extraños son los designios del Señor que nos obligan a aceptar el padecimiento físico de una prolongada enfermedad y la muerte temprana de quien no quisiéramos desprendernos nunca. El Señor nos quita; el Señor nos da. Y fue aquí, en este querido barrio de Provenza donde perdí a mis padres biológicos, Luis y Celmira, y conocí a Antonio y Esther, mis padres putativos, a quienes debo mucho de lo que hoy soy. En su hogar un niño de 12 años halló afecto, apoyo, compañía y deseos de vivir. Han sido 33 años de inmensa felicidad compartida. La distancia y el tiempo no han sido obstáculo para mantener los vínculos, para querernos más.

Con mayor o menor intensidad comparten conmigo este dolor, esta profunda tristeza que tiene su origen, en parte, en el egoísmo. Si; a las personas comunes y corrientes nos cuesta mucho dejar de lado el interés propio y por eso lloramos por nosotros mismos, por lo que vamos a dejar de tener o disfrutar por la muerte del ser querido. El tiempo, ese aliado certero de la cura, permite recuperarnos, nos posibilita volver a vivir sin el recuerdo doloroso de los que han partido; porque ellos sólo mueren para nosotros el día en que los desterramos de la memoria. Y así como el llanto y la aflicción nos abruman en los primeros momentos, así después las remembranzas de los buenos tiempos compartidos nos alegraran el resto de nuestra existencia. No es posible desterrar de la memoria a una persona como Esther que dejó huella; que jamás infringió daño a los demás porque en su corazón no había cabida para el mal; de un ser que antes de preocuparse por sacar provecho de las circunstancias buscaba siempre aliviar el sufrimiento de quienes la rodeaban.

Muchas cosas extrañaremos de Esther: su amistad, su calidez, su bondad, su gratitud, su generosidad, además de sus expresivas cartas y puntuales llamadas. Doy gracias a Dios y a la vida por la oportunidad y el privilegio de haber podido disfrutar de su amor de madre y les pido que en sus oraciones tengan presente a Antonio, su esposo, a Verónica su hermana y a Rolf y Stefan sus sobrinos quienes, también, lamentan su ausencia.
PADRES Y MADRES SI IMPORTAN… Y MUCHO

Luis Julián Salas Rodas

Sociólogo
Especialista y Magister en Ciencias Sociales 
Magister en Ciencias de la Educación
Director Ejecutivo de la Fundación Bien Humano
www.bienhumano.org

A diferencia de otras especies vivas los mamíferos, y los seres humanos nos contamos entre ellos, requieren de un período de gestación, crianza y formación mayor que otras especies. Alrededor de 20 años tardamos en desarrollar las bases de nuestro cuerpo, inteligencia y personalidad. Debemos a estudiosos de las ciencias sociales y del comportamiento como Sigmund Freud, Jean Piaget, Erik Eriksson, John Bowlby, René Spitz, y otros más que sería interminable mencionar, los conocimientos científicos acerca de los desarrollos, logros, alcances y limitaciones por las que vivimos en las distintas etapas de nuestro ciclo vital: concepción, gestación, nacimiento, primera y segunda infancia, adolescencia, edad adulta, madurez, vejez y muerte.

Es un verdad científica irrefutable y ya suficientemente demostrada, que desde el embarazo hasta los primeros 6 años de vida los padres y madres ya sea biológicos o adoptivos, o quienes hagan sus veces son las personas más importantes para los niños y las niñas. Los estudios del doctor Spitz en hospitales y hospicios fueron concluyentes en la necesidad vital que tiene todo ser humano, durante su primer año de vida de establecer un vínculo afectivo estable con un adulto, generalmente la madre y de cómo su no establecimiento puede llevarlo a una desconfianza general ante las personas y el mundo que lo rodeas o, en el peor de los casos, a la muerte prematura a pesar de los cuidados físicos y médicos. A Freud y al sicoanálisis se les reconoce el haber esclarecido el papel de los padres y madres en los inicios de la identidad sexual de sus hijos. Por Piaget sabemos cómo opera el pensamiento, el inicio del lenguaje, los primeros aprendizajes y como los infantes ven e interpretan el mundo de manera diferente a los adultos.

Los padres y madres no existen sólo para proveer cuidados físicos y atender las necesidades materiales de los hijos, son, ante todo, figuras de identificación. Su presencia, permanencia, su modo de ser y el trato, independiente de la forma familiar, moldean, sientas las bases de la personalidad. La función afectiva y socializadora de las familias solo puede ser suplida, en parte, por otros agentes de la sociedad como los jardines infantiles o la comunidad. Ya sea en los aspectos positivos como el proporcionar amor, buen ejemplo o buen trato, o en los aspectos negativos, en los cuales la sociedad y el Estado deben intervenir, como el maltrato, el abandono, el abuso sexual, los castigos físicos la influencia de la familia es siempre significativa y determinante. Afirmar que la influencia de los padres y madres es poco significativa es validar la instalación de una práctica desresponsabilizadora de ellos para con los hijos. Si esto es aceptado por la cultura, entonces, también hay que aceptar, sin reparos, el traspaso inmediato de la patria potestad de los hijos al Estado y la sociedad desde su nacimiento, y que en vez de la intimidad de la vida familiar solo conozcan lo impersonal de la vida institucional y comunitaria. La tarea de los adultos se reduciría a la procreación, a la vida erótico-afectiva en pareja y al disfrute material de no tener que incurrir en los gastos que conlleva la crianza de los hijos. Un escenario de vida muy cómoda pero ausente de felicidad parento-filial. En vez de crecer con padres y madres las nuevas generaciones vivirían en el mundo deshumanizado de los preceptores, tutores y cuidadores. Que el medio cultural influye, nadie lo niega; que al crecer los hijos sean sus amigos y compañeros los que merezcan más su atención no solo es algo normal sino, además, deseable en su proceso de emancipación de los padres. Que las bases de un edificio permanezcan ocultas a los ojos no significa que no existan o que no sean importantes para asegurar su sostenibilidad. Que los hijos ya adultos puedan apartarse del ejemplo y las enseñanzas de sus progenitores es posible y hace parte del derecho constitucional al libre desarrollo de la personalidad”, pero que padres y madres son importantes e insustituibles y que influyen en la conducta, en el pensamiento y en la escala de valores de sus hijos, por acción u omisión, es una verdad de a puño que no puede ser desmentida por una breve columna periodística de un brillante economista o las creencias de una acuciosa abuela.

Friday, October 09, 2009


70 AÑOS DE LA FUNDACIÓN PARA EL BIENESTAR HUMANO

Luis Julián Salas Rodas

Sociólogo
Especialista y Magister en Ciencias Sociales 
Magister en Ciencias de la Educación
Director Ejecutivo de la Fundación Bien Humano
www.bienhumano.org


Muy apreciados amigas y amigos de la FBH:

Es muy grato tener la oportunidad de celebrar con ustedes estos 14 lustros de vida institucional. La ingratitud humana solo haya excusa y comprensión cuando se padece de Alzahimer. No es todavía, nuestro caso personal e institucional. La memoria es esa facultad mental que impide la instalación del olvido, que nos hace recordar personas, fechas, eventos y situaciones. Las organizaciones son creación humana y como tal están expuestas a crisis y desafíos constantes en el transcurso de su ciclo vital.

La palabra escrita es fiel evidencia de cómo sucedieron los hechos cuando ya han fallecido sus protagonistas. Mas de 1.000 actas de Junta Directiva y 100 de la Asamblea General conforman el archivo histórico de la Sociedad de Damas de la Caridad y de la Fundación para el Bienestar Humano. De su lectura atenta y reflexiva pude recrear el contexto de la épocas, los temas de interés, el cambio en las formas de sentir, pensar y actuar, el origen y resolución de las amenazas externas, de los conflictos personales y de poder, de las afugías económicas, de los logros sociales y de los relevos generacionales entre otros muchos asuntos.

Según la Cámara de Comercio de Medellín el 80% de las sociedades que se crean se liquidan antes de cumplir el tercer año. Siete décadas continuas de trabajo evidencian que la organización ha sabido afrontar con éxito las dificultades, los retos y las incertidumbres que conlleva la existencia; sin embargo la sostenibilidad nos es aún un seguro que pueda comprarse para cubrirnos del riesgo de la quiebra y la disolución. La sostenibilidad es una tarea diaria que se logra con ideas claras, decisiones oportunas, visiones acertadas y compromiso efectivo. De todo esto dieron fe, y con creces, durante 37 años la Sociedad de Damas de la Caridad. Una idea clara: crear una organización que permitiera la práctica del sagrado precepto de la caridad a un grupo de mujeres católicas más allá de la limosna y de la ayuda esporádica al necesitado. Decisiones oportunas: no dudar en cambiar, abrir o cerrar programas cuando las condiciones objetivas así lo aconsejaban. Al no contar con los recursos económicos suficientes para continuar con la construcción y mantenimiento de las viviendas colectivas, las Damas dieron paso a otra etapa cuando se concentraron en el desarrollo comunitario, durante 20 años en el barrio las Estancias, gracias al fideicomiso y luego donación de la familia de una de las socias de un terreno de 20 hectáreas. Decisión oportuna: crear, en 1966, la Fundación para el Bienestar Humano y traspasarle a ella todos el patrimonio y los recursos cuando la Comunidad Vicentina quiso centralizar el manejo de las distintas sociedades de Damas de la Caridad en el país. Decisión oportuna: cesar actividades en el barrio las Estancias para no involucrar a la comunidad en conflictos de poder y celos institucionales con el cura párroco y dar paso, así, al trabajo promocional y preventivo con las familias a nivel nacional, actividades con las cuales continuamos. Visión acertada: la visión de doña Ana Restrepo de Gautier cuando a mediados de los años cincuenta del pasado siglo propuso la constitución de un fondo acumulativo, intocable para cubrir gastos de funcionamiento, que se fuese incrementando con un porcentaje de los ingresos operacionales y la acumulación de intereses. Fue así como en 1970 la Fundación obtuvo su primer millón de pesos en efectivo, dinero que fue prestado luego a importantes empresas de la ciudad para que con sus réditos financiara la operación de los programas. Dejo a los economistas curiosos la tarea de su actualización a valor presente. Hoy en día las ONG saben de sobra que no bastan los recursos de contratación con el Estado, de la cooperación internacional y de la filantropía para asegurar la sobrevivencia financiera. Que se requiere de un patrimonio propio para sobrellevar las contingencias del día a día. Y ese millón de pesos junto con el producto de la venta de las instalaciones del barrio Las Estancias al municipio de Medellín fue el origen del patrimonio actual de la Fundación. Extraordinaria visión la de doña Ana en una época donde la beneficencia y la “ponchera” surtían aún efecto. La planeación estratégica no deja de insistir en el poder transformador de una visión. Cuando era niño tener visión era cosa de locos y si por alguna razón uno la tenía debía permanecer callado so pena de ser considerado como tal. Doña Ana no sabia nada de planeación estratégica pero siempre fue una persona muy lúcida que no tuvo nunca temor de expresar y compartir sus visiones. Visión acertada: la de tener un negocio rentable, un almacén de venta de lanas el cual generó ingresos por muchos años para cubrir los gastos, visión que muchas ONG del presente empiezan a contemplar como alternativa económica. Visión acertada la de las Damas al permitir, a principios de los años 70 del pasado siglo, la presencia, la participación y el pensamiento de un grupo de señores en calidad de socios activos en una organización de origen netamente femenino. Visión anticipada, por lo demás, al presente donde ya es común hablar y aceptar de equidad de género; participación que ya ocupa la Presidencia y la Dirección Ejecutiva de la organización. Compromiso efectivo: en su mejor época las Damas lograron tener en sus filas un voluntariado de 260 socias que aportaban una cuota de sostenimiento mensual, tiempo, conocimiento y experiencia en la prestación de los servicios; voluntariado que acompañaba el trabajo de profesionales expertos pagados por la Sociedad. Durante 20 años el barrio las Estancias fue el centro de prácticas y de formación de varias generaciones de trabajadoras sociales de la Universidad Pontificia Bolivariana. Los programas y servicios sociales de las Damas cubrían el 50% de una población estimada de 10.000 personas. La Sociedad fue pionera en ser un modelo de gestión de una entidad sin ánimo de lucro que apoya y acompaña el desarrollo vecinal y comunitario, modelo que aun siguen varias fundaciones de la ciudad. Compromiso efectivo: el de anteponer siempre los intereses de la organización a los personales, el de procurar siempre el mejor valor agregado a las acciones, el de renunciar a tiempo y dar paso a las nuevas generaciones, el de permitir las evaluaciones y someterse a sus recomendaciones.

La gerencia moderna nos remarca la obtención de resultados y la aplicación de herramientas como la planeación estratégica, la reingeniería y el marco lógico. Nada de esto existía, ni estaba al alcance en los tiempos de las Damas, pero a su manera eran efectivas y producían resultados. En una de las actas de Junta Directiva la directora de la guardería informaba de la necesidad de disponer de una camioneta para el transporte de los niños. Dicho y hecho. En esa misma reunión doña Eugenia Ángel de Vélez donó la camioneta, doña Luisa Ángel de Henao asumió el pago del salario del conductor y doña Margarita Posada de Vieira se comprometió a sufragar los gastos de gasolina y aceite del vehículo. Y asunto solucionado. ¡Qué maravilla! ¡Qué instantáneo poder de decisión! Sin tener que nombrar una comisión, redactar una carta o elaborar un proyecto ¿Quién de ustedes colegas, directores y directoras, no quisieran tener en su Junta Directiva este trío de generosas damas? Estas y muchas otras situaciones están escritas a mano, con tinta verde, en bella caligrafía, en los libros de actas de la Sociedad de Damas de la Caridad. Se dice en una de ellas textualmente: “las cartas dirigidas a las empresas solicitando ayuda económica son efectivas pero no olvidemos que lo es aun más, en reemplazo de la carta, la presencia distinguida de una de nosotras en las oficinas de los gerentes”. No dudo que así era. Y de esta forma ingresaba a las arcas de la Sociedad los $15 de Cemento Argos, los $20 de Coltejer, los $10 de Fabricato, los $30 del Banco Comercial Antioqueño, los $35 de la Naviera Colombiana y así por el estilo de todas las sociedades anónimas. En esos tiempos el dinero si era dinero. Y si las arcas continuaban vacías y el déficit aumentaba se acudía al trabajo de las socias para organizar el bingo, el baile de sociedad, la rifa del anillo, al arreglo de vitrinas, a las presentaciones del grupo escénico y a todo tipo de actividades para recaudar fondos, actividades que aun siguen vigentes en muchas ONG del presente. Las Damas sabían que la Divina Providencia no desampara pero que no tenía porque hacerlo todo... En el libro de actas no se verificaba el quórum sino que se escribía, en el estilo de la época, “Asistencia: la mejor posible”. Se reunían en la casa de la Presidenta, muy puntuales, y después de “invocar al Espíritu Santo y de rezar las oraciones acostumbradas” daban inicio a la reunión. Fueron damas muy católicas que recibían con fervor las bendiciones del señor Arzobispo y con humildad sus llamados de atención cuando la práctica del culto decaía, pero no admitían: “ intromisiones indebidas del asesor espiritual en los asuntos propios de la Junta”. Damas que no vacilaron en enfrentarse con valor y respeto a las jerarquías eclesiásticas cuando sentían que atentaban contra el manejo autónomo de la Sociedad. Damas que asumían con firmeza las consecuencias de las decisiones tomadas.

Además de un patrimonio son muchas las lecciones de vida que heredamos de las Damas: su transparencia, la pulcritud y la austeridad en el manejo de las finanzas, el entusiasmo por el trabajo, el sentido de pertenencia, el compromiso personal más allá de lo estrictamente laboral y la satisfacción por el cumplimiento de una responsabilidad social. De todas las lecciones de vida de las Damas me merece especial mención el valor de la generosidad, la cual consiste, en palabras del filósofo Séneca, en el “arte de dar”, dar sin esperar nada a cambio. El gobierno da y reclama siempre contraprestaciones políticas, el empresario dona pero exige el certificado de donación para deducir impuestos, la cooperación internacional ayuda pero espera recibir el respectivo crédito. La generosidad esta hoy en desuso, la hemos remplazado por la solidaridad la cual requiere de la ocurrencia de un evento inusual y catastrófico que logre conmovernos y así despertarla. Cuando pasa el suceso cesa la solidaridad. El poder de los medios de comunicación incentiva, suena feo decirlo, el mercado de la solidaridad nacional e internacional. Cada vez deben de ser más impactantes las imágenes televisivas de las tragedias humanas para movilizar la ayuda humanitaria. Como dice la filósofa española Victoria Camps: “la virtud de la solidaridad se ha institucionalizado, su objetivo son las personas extrañas al ámbito más cercano y familiar: las víctimas de un terremoto, de una guerra, de un accidente, siempre algo lejano”. La generosidad, en cambio, se práctica con las personas conocidas y con las cuales queremos mantener vínculos. La generosidad es el mejor antídoto contra el egoísmo del cual decía la madre Teresa de Calcuta que era el origen de todos los males de la humanidad. La solidaridad requiere de campañas promocionales; la generosidad solo de corazones desprendidos. La solidaridad es transitoria; la generosidad es perenne.

Característica de lo contemporáneo es juzgar con ligereza, desconocimiento o prejuicio lo relativo a un tiempo pasado. El valor de la caridad cristiana es hoy un asunto desprestigiado en el discurso y la práctica social. Hoy nos da pena decir que nuestro que hacer institucional apunta a aliviar sufrimientos, preferimos hablar de desarrollo social, de calidad de vida, de desarrollo humano integral y sostenible. En búsqueda de la eficacia, la eficiencia y la efectividad, deseamos convertirnos, en un curso acelerado, en empresas sociales para dejar de lado el estigma que cargamos por ser ONG o entidades de beneficencia. Y el riesgo que corremos, y no vemos, es el de preocuparnos más por el cumplimiento de los términos de un contrato para evitar la aplicación de multas que el de incidir en el cambio y en la transformación de las condiciones de vida de la población que pretendemos atender. Las Damas estuvieron siempre cercanas, atentas a la escucha, solícitas y pendientes de las necesidades de las familias. Hoy como ayer la pobreza no ha sido superada en el país; todavía persiste la exclusión y se niegan oportunidades a más del 60% de los compatriotas. Colombia es, según reportes de Naciones Unidas, el tercer país del mundo en concentración del ingreso de sus habitantes. Si el asistencialismo no es la respuesta, y en ello estamos todos de acuerdo, las propuestas y acciones unilaterales de las organizaciones del llamado Tercer Sector tampoco lo son así hallamos renovado nuestros conceptos y discursos. No tenemos, ni tendremos, los recursos económicos para ello, apenas generamos el 3% del PIB del país, escasos 3.000 millones de devaluados dólares. Dejemos el mesianismo y seamos realistas. No se ofendan colegas pero en términos financieros una sociedad de pobres es solo una pobre sociedad. Nuestra razón de ser no esta tanto en atender y solucionar los problemas y necesidades de la población sino en emplear nuestro poder social para que junto con el poder político del Estado, el poder económico del sector empresarial y la autogestión y empoderamiento de las comunidades marchemos de común acuerdo en la senda del desarrollo. Y mientras esto ocurre no tenemos otro oficio que seguir apoyando y acompañando a las comunidades y grupos excluidos. Decía hace poco un alto funcionario de la Organización Internacional del Trabajo; OIT, de paso por la ciudad, al comentar un informe acerca de la globalización que los Estados debían volcar su atención y los recursos en el desarrollo de lo local y pensaba para mis adentros que si de algo podemos ufanarnos las ONG es de haber estado siempre en lo local, en lo territorial, hombro a hombro, cara a cara, lado a lado, de las personas, los grupos, las familias, las comunidades y esta opción preferencial, acorde con nuestros recursos y posibilidades, ha sido objeto de múltiples críticas, y autocríticas, de diversos sectores. Es esta cercanía la que nos da la credibilidad, la autoridad, el conocimiento y la legitimidad para ser considerados como actores sociales. Es cierto que nos falta más coordinación, mas trabajo en alianza, más unidad gremial, tenemos que avanzar más en estos aspectos pero sin perder de vista la riqueza que nos da la diversidad. Así como una selva tropical es mas rica en fauna y en especies vegetales que un bosque de pinos, una sociedad es mas rica entre más diversa y diferente sea. Y ¡ojo! no confundamos diferencia con desigualdad. Así como aceptamos la biodiversidad aceptemos la sociodiversidad, de la cual el Tercer Sector da buena cuenta.

Y es esta cercanía la que nos posibilita a las personas que trabajamos en las organizaciones del Tercer Sector el vivir gratas experiencias de transformación humana. Quiero relatarles una de ellas, con el perdón de mis colaboradores cercanos que ya la conocen. Hace muchos años, antes de ser Director de la Fundación, y cuando era más joven que hoy, fui tallerista por cinco años. Al tercer año empezaron las dudas, las vacilaciones acerca del sentido y la utilidad del trabajo promocional y preventivo con los padres de familia. Todos los viernes, durante 4 meses debía dictar un curso los viernes, de tres a cinco de la tarde, en un precario salón comunal, en el sector de la Avanzada, allí donde el viento se devuelve, 20 minutos a pie por unas empinadas y peligrosas escaleras, desde el barrio Santo Domingo Savio y luego de casi una hora de recorrido en bus desde el viejo Guayaquil. Ni en la imaginación más febril estaba la idea de que algún día la distancia sería acortada por la construcción y puesta en servicio de un metrocable. Los viernes en la tarde, precisamente, se agudizaba la crisis y el deseo de renunciar. Al final del cuarto mes, al terminar una sesión del curso se me acerco un niño, calculo que debía tener alrededor de 10 años, el cual esperó a que yo estuviera solo, a darme las gracias. Le pregunte gracias porque o de que y el me contesto: “Profe, es que desde que mi mamá asiste a sus clases me quiere más porque ya no me grita ni me pega y yo vi que ella cambio gracias a sus consejos”. Sobra decirles que las dudas se esfumaron en el acto, que allí, con el testimonio libre y espontáneo de ese niño comprendí que el trabajo de la Fundación tenía sentido, que valía la pena el esfuerzo del viaje en bus y de la subida y bajada a pie por las tortuosas escaleras. Habíamos logrado cambiar la relación de una madre con su hijo, habíamos hecho posible la felicidad y el bienestar de un niño. Y aun hoy, después de tantos años, cuando los inevitables y recurrentes momentos de soledad y desesperanza que la dirección ejecutiva de una ONG conlleva, viene a mi mente la sonrisa, la cara alegre de ese niño que me anima a continuar con la tarea de generar desde la Fundación oportunidades de felicidad para más familias.

La fuerza de un testimonio se convirtió en una honda convicción del poder de transformación que logran las personas cuando introyectan un conocimiento, reflexionan y luego modifican en forma positiva actitudes y comportamientos. No podemos desconocer que hay situaciones de extrema indigencia y enfermedades mentales que impiden a las personas cambiar, pero no menos cierto es que como seres humanos estamos dotados de inteligencia, de conciencia, de juicio y que tenemos, también, la opción de elegir y decidir.

En la gestión humana y social de las ONG nos vemos, muchas veces, abrumados por toda la parafernalia de construcción de indicadores, líneas de base, monitoreo y evaluación de impacto que las agencias de cooperación han vuelto exigencia para acceder a sus recursos. Es un hecho que debemos tener herramientas de medición pero no se nos debe olvidar que los datos y los informes no pueden ser más importantes que la vida, que los anhelos y la felicidad de las personas a quienes decimos apoyar y acompañar. Trabajar en el sector social nos mantiene cercanos a las alegrías y sufrimientos de la gente. Nos hace ser más generosos. Como en el comercial de televisión se encuentra en el lugar equivocado quien pretenda ganar mucho dinero vinculandose a una ONG o creando una. El enriquecimiento que se obtiene no es el de los billetes sino el de la satisfacción personal por contribuir al bienestar humano, a la formación de ciudadanía, a la ampliación de oportunidades, a la justicia social y a la participación democrática en una mejor sociedad. Satisfacción que se extiende al poder conocer otras organizaciones y tratar colegas y compañeros de ruta que comparten objetivos y visiones. Es una razón más para quedarnos, para afianzar el arraigo y el compromiso.

Permanencia y cambio son factores clave en la sostenibilidad de una organización. Permanencia de los ideales, de los principios, de la buenas prácticas, de las lecciones aprendidas; cambio para enderezar el rumbo, para conocer otras miradas, para emular a los que saben, para no perder vigencia. En la FBH lo permanente ha sido el trabajo con las familias; han cambiado las modalidades de atención, el enfoque, el tipo de programas. Cambiamos de nombre pero permanece la convicción de que sin las familias no es posible aportar a la construcción de una sociedad más justa, pacífica y democrática. Pasamos de ser una entidad de carácter asistencial a una organización especializada en servicios educativos con las familias. Permanece la política de la Asamblea de Socios y de la Junta Directiva por continuar en el nivel de promoción y prevención a las familias y cambiamos de logosímbolo y de imagen institucional como mensaje de renovación. En los tiempos que corren no basta ya con enseñar a pescar, luego de la pesca es que comienza el verdadero trabajo...

Muchas gracias por su presencia y compañía.

Medellín, Noviembre 23 de 2004

AL MAESTRO, COLEGA Y AMIGO : Hernán Henao Delgado
En conmemoración de los 10 años de su muerte: 1999 - 2009


Luis Julián Salas Rodas

Sociólogo
Especialista y Magister en Ciencias Sociales 
Magister en Ciencias de la Educación
Director Ejecutivo de la Fundación Bien Humano
www.bienhumano.org


La muerte definitiva sobreviene cuando ya nadie nos recuerda. De los millones y millones de seres humanos que han pisado y pisarán el planeta tierra, nuestro único hogar en el universo conocido, sólo unos miles tendrán sitio en los anales de arqueología y de la historia. ¿Por qué esos miles logran permanecer en la memoria y los millones no? ¿Qué hace que una persona, de carne, huesos, emociones, afectos y pensamientos, perviva en la memoria colectiva y otros no? Variados los motivos e innumerables las razones para que tal hecho ocurra o no. Se podría alegar que la búsqueda y logro de la riqueza material, de la fama, del poder o de la belleza física del cuerpo es una vía segura para que un biógrafo se interese y consigne en un texto la historia de vida de ese personaje y así perdure en el trasegar de las generaciones. Pocas veces se obtiene la riqueza material sin impedir que otros también puedan acumularla y disfrutarla. La fama es casi siempre una estela efímera que no pasa del cuarto de hora. El poder implica, en todos los casos, la imposición de una voluntad sobre el otro y los riesgos de su abuso; y en cuanto a la belleza física del cuerpo ésta solo alcanza trascendencia en la obra de arte gracias al talento y al trabajo de un artista. La sociedad, la cultura, la parentela y los medios de comunicación nos hacen creer que la felicidad y el bienestar residen en ser rico, célebre, poderoso o bello; y una vez creído el cuento iniciamos una incesante carrera y en ella dilapidamos el tiempo, el bien más escaso e irrecuperable, afectamos la salud, el soporte biológico de la vida humana, y dejamos de lado lo más importante: el disfrute y conservación de los vínculos afectivos de los seres que en verdad nos aman y que no nos olvidarán.

En el afán de perpetuar recordatorio de una “vida memorable” acudimos a varias fórmulas: erigir en un espacio público una estatua, dar su nombre a un edificio o un intercambio vial, establecer un premio anual o crear una fundación. Todas las fórmulas son válidas dependiendo de la iniciativa, voluntad y recursos con que dispongan los memorialistas, pero, con el paso del tiempo, la estatua puede ser desmontada o decapitada, el edificio demolido, el premio dejar de concederse y la fundación liquidarse por agotamiento de su patrimonio. ¿Qué queda, en últimas, de una “vida memorable” cuando su recordatorio se extingue? Muy poco o casi nada.

De acuerdo con las predicciones de los astrónomos llegarán las épocas en que el núcleo interno de la tierra se enfríe, el sol agote su energía nuclear y se convierta en una estrella enana, la Vía Láctea, nuestra galaxia, choque con otras. Catástrofes universales que harán de este pequeño rincón que nos alberga, nuevamente, minúsculas partículas de polvo cósmico. Dramáticas las predicciones pero extinguida la vida y su sustento físico se perderá todo rastro de la civilización humana. Llegará, porque llegará, el fin de los tiempos y seremos, ahí sí, olvido, de verdad, como en el poema de Borges. Sin la certeza de la fecha exacta de esos acontecimientos aterradores, y esperemos que sean muy lejanos para que no nos toquen, tenemos el deber ético, el llamado de conciencia y el regocijo de conservar en la memoria, de invocar el recuerdo de aquellas personas que partieron antes y que en el cruce de caminos de la vida tuvimos la oportunidad y el privilegio de su amistad, de su inteligencia, de su carisma, y de su ejemplo. Valores que encarnaba Hernán Henao Delgado y lo recordamos por ellos y no por haber poseído una riqueza material, que no la tuvo ni le interesó tenerla; o por la fama, que le era indiferente, o por el poder, que si en algún momento lo detentó nunca abusó de él. La de Hernán no fue una “vida memorable” sino una vida para emular y no olvidar.

El día y la hora de su muerte habíamos concertado una reunión, en su despacho del INER, con el equipo de investigación del proyecto sobre el Sistema Progresivo Penitenciario Alternativo, a realizar para el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario INPEC, entre el INER y la Fundación Bienestar Humano. ¡Vaya ironía del destino! Queriendo conocer más del mundo de la ilegalidad y la delincuencia, ésta le segó la vida. El retardo, por minutos, del inicio de la reunión, nos evitó ser testigos presenciales de su asesinato. Vivimos, eso sí, los angustiosos momentos posteriores del llanto, de incredulidad, rabia y desconcierto colectivo. El impacto de una muerte cruel y repentina, como fue la de Hernán, nos lleva, en un primer momento, a sobrevalorar las cualidades o méritos del difunto. El paso inexorable del tiempo, que todo lo decanta, es un buen indicador para saber si los juicios iniciales emitidos fueron válidos y justos o resultado del impacto emocional. Permítanme leer de nuevo las notas que escribí sobre Hernán, recién fallecido, en la edición N° 80 del periódico Generación de la Fundación Bienestar Humano:

“Difícil expresar con palabras el sentimiento de dolor, de rabia e impotencia por el asesinato atroz del antropólogo Hernán Henao Delgado. Durante 15 años Hernán fue socio activo de la Fundación, hizo parte del comité de familia y de su Junta Directiva. Gracias a su visión, empuje, experiencia, contactos y conocimientos pudimos adelantar importantes investigaciones y proyectos, algunos de ellos en alianza con el Instituto de Estudios Regionales INER y otros con el Centro de Investigaciones Sociales CISH, ambos de la Universidad de Antioquia. Tuve la feliz oportunidad de tratarlo no solo como socio de la Fundación sino como su coordinador de los programas de extensión del INER. Y fue bajo esta doble condición, y en el día a día de la actividad laboral, como pude darme cuenta del cúmulo de virtudes de su personalidad e inteligencia: Su entusiasmo inagotable al concebir ideas y propuestas, el ejercicio sereno de una autoridad amable, su genuino sentido del respeto a la dignidad humana, su sencillez, su buen humor, su permanente sonrisa, su gran capacidad de escucha, su generosidad sin límites, la claridad de su pensamiento y su coherencia con la acción, su facilidad de palabra, su trato cordial con todos y todas; su permanente disposición para ofrecer una oportunidad de trabajo a quien demostrara talento y deseos de vincularse a los proyectos del INER, son, entre muchas otras, las cualidades que distinguían su carácter y las enseñanzas que me dejó como maestro y como jefe”.
Estoy seguro que todas las personas aquí presentes que conocieron y trataron a Hernán comparten la validez y vigencia de mi testimonio. En la íntima o expresa vanidad humana cuántos de nosotros no quisiéramos ser recordados en un acto como éste después de 10 años de fallecer. El merecimiento agradecido de la memoria colectiva solo lo alcanzan aquellos seres que dejan huella, que siguen siendo inspiración, que nos animaron con su ejemplo a ser mejores y no claudicar ante las adversidades.

Su familia, la Universidad de Antioquia, la Corporación Región, la Fundación Bienestar Humano y en particular el Instituto de Estudios Regionales INER, fueron los espacios donde Hernán repartió su tiempo, su quehacer profesional y sus afectos en los últimos años de su vida. Siete años estuvo Hernán al frente de los destinos del INER, pocos pero suficientes para ser pionero en los estudios de desplazamiento forzado en Antioquia y dejar su impronta indeleble en el equipo de trabajo que conformó y que aún está al frente: Lucelly Villegas, su mano derecha y actual directora, María Teresa Arcila, Clara Inés García, María Clara Aramburo, Doralba Gutiérrez, gracias a ustedes, y a los otros profesionales que se vincularon después, por mantener el espíritu de Hernán y por acrecentar los logros académicos y científicos que él soñaba para el INER y que hoy son una realidad en sus primeros 20 años de vida institucional.

La familia fue siempre objeto de estudio e interés profesional para Hernán. Tuvo desde su formación universitaria como maestras, colegas y amigas nada menos que a las antropólogas Virginia Gutiérrez de Pineda y Ligia Echeverri Ángel. Autoras de referencia obligada por sus aportes investigativos en el tema. Este año conmemoramos una década del fallecimiento de Virginia. Para ella va también nuestra afectuosa recordación. De su insigne maestra logró que la editorial de la Universidad de Antioquia publicara, por primera vez en la Universidad, en 1994, su libro más conocido y renombrado: Familia y Cultura en Colombia, texto de una profundidad etnográfica aún no superada en Colombia y en Iberoamérica. En el prólogo del libro titulado por Hernán: Virginia Gutiérrez de Pineda: una vida y una obra para la ciencia social, refiere la siguiente anécdota de ella:

“Empezando mi primera investigación, sobre, Organización Social en la Guajira, me encontraba una tarde en la casa de una de las mujeres más importantes de la zona de Maicao, Cristina, recién casada, me contaba con orgullo que su esposo había pagado por ella una dote de cientos de vacunos, mulares, caprinos, más collares, piedras de tume, bolívares, etc.; Y mientras hacía alarde de ello, yo como mujer de otra cultura me sentía triste y adolorida de que todavía en el país existiera la compra de mujeres. Cuando ella terminó quedó esperando mis elogios, pero yo, que todavía no conocía esa cultura a fondo, ni el significado profundo de lo que oía, guardé profundo silencio. Entonces me preguntó: Virginia, ¿Y tú cuánto costaste? ¡Nada! Le respondí orgullosa e indignada, y ella sintió una gran lástima por mí: “Pobrecita, no le costaste ni siquiera unas chivas a Roberto (su esposo)”. Después de este suceso se distanció la comunicación entre nosotras. Más tarde sabiendo más, comprendí que cada una de nosotras veía las cosas desde su cultura y que en este sentido tenía mucho que aprender”.[1]

En su calidad de Director Académico del II Congreso Latinoamericano de Familia Siglo XXI, realizado en Medellín en 1998, escribió Hernán estas palabras en homenaje a Virginia, nombrada presidenta honoraria del congreso:

“Maestra, usted nos hace un gran honor al presidir estas sesiones. Pero más que eso, con su halo nos sigue comunicando esa energía que nos llevó a dedicarle el resto de nuestras vidas a los mismos propósitos suyos, esperando que la historia no nos olvide muy pronto, no tanto por lo que pensamos y dijimos sino por lo que quisimos seguir construyendo”.[2]

Virginia, Ligia, Hernán, antropólogos de vocación y profesión: Cierto, no lo sabemos todo de la cultura y el comportamiento humano… Siempre tenemos mucho que aprender y aún no los hemos olvidado porque nos han dado ejemplo y porque mantenemos el deseo y la voluntad de seguir construyendo.

Siendo la razón de ser de la Fundación Bienestar Humano el trabajo con las familias, este año cumplimos 75 de vida institucional, Hernán se sintió muy a gusto en ella. En la Junta Directiva, en el comité de familia y en los empleados de la Fundación, él continúa presente; su hálito, sus conocimientos sobre el ser y el devenir de las familias siguen siendo para nosotros cantera de nuevas iniciativas y proyectos. Sus reflexiones en torno a la figura, función e imagen del Padre nos permitieron comprender mejor su papel e incrementar la participación masculina en los cursos y talleres. En asocio de la Fundación y del Comité Interinstitucional de Familia CIF, los aportes de Hernán fueron decisivos para la expedición de los acuerdos 47 y 59 de 1993 del Concejo de Medellín que sentaron, por primera vez, las bases para la formulación de una política de Atención a Integral a la Familia. Siempre nos es grato su recuerdo y nos sentimos muy agradecidos y orgullosos de haber contado con su vinculación y compromiso como socio activo. Gracias a su invitación a hacer parte de la Fundación es que continúan como socias la terapeuta familiar Olga Lucía López Jaramillo y la trabajadora social Blanca Inés Jiménez Zuluaga, reconocidas profesoras de la Universidad de Antioquia e investigadoras en el tema de familia. En el centro documental de la Fundación tenemos reseñado gran parte de la producción intelectual de Hernán para consulta y estudio de los interesados.

A quienes ejercemos cargos de dirección en las organizaciones se nos insiste en hacer realidad el paradigma del trabajo interinstitucional, intersectorial y en alianza; este paradigma se formaliza en convenios y contratos llenos de cláusulas y pólizas de cumplimientos, requisitos de ley necesarios para salvaguardar el buen uso de los dineros públicos y privados. La confianza, base del capital social es también la esencia de las relaciones humanas. La integridad y transparencia de la personalidad de Hernán y su oficio innato de tejedor social facilitaban llegar pronto a la firma de acuerdos y a la resolución de conflictos o malentendidos. Cualidades escasas pero deseables si queremos generar más sinergias y efectos positivos en los procesos sociales. Un motivo más para admirarlo y extrañarlo.

De estar físicamente con nosotros Hernán cumpliría 64 años. Estaría pensionado más no jubilado. Sin el agobio de las tareas administrativas y los requerimientos laborales tendría más tiempo para leer, escribir, publicar, tejer redes sociales, acercar voluntades y ejercer de abuelo consentidor. Su producción intelectual continuaría imparable y su familia y amigos nos sentiríamos muy alegres de seguir departiendo y aprendiendo de él. La ingratitud humana, que a veces parece no tener límites, nos priva en muchas ocasiones de expresar en vida lo que pensamos y sentimos de las personas significativas que están a nuestro alrededor. No fue así con Hernán y por eso no hay lugar a la culpa o al remordimiento.

Los que hemos afrontado la pérdida temprana de un ser querido sabemos que el dolor intenso y la profunda tristeza que dicha pérdida nos causa se mitiga, con el tiempo, por los bellos y buenos recuerdos propios, así como los que después nos dan a conocer de él amigos, colegas y compañeros que hicieron parte, también, de su vida, como ha sido en el día de hoy. Dora, Marcela, Natalia sabemos y fuimos testigos del genuino y cálido amor que Hernán les profesaba, gracias por compartir este rito recordatorio de HERNÁN quien aún no ha muerto en forma definitiva entre nosotros. Sólo nos siguen causando rabia y dolor lo absurdo, la impunidad y la injusticia de su asesinato.

Medellín, 30 de abril de 2009

[1] Herrera, Marta Cecilia y otro. Virginia Gutiérrez de Pineda: una vida de pasión, investigación y docencia. Boletín Cultural y Bibliográfico Nº 10. Volumen 24. Biblioteca Luis Ángel Arango. Bogotá, 1987
[2] Segundo Congreso Latinoamericano de Familia Siglo XXI: Hacia la convergencia entre el Pensamiento y la Acción. Memorias. Tomo II. Alcaldía de Medellín. 1999. Pág: 22
LAS FAMILIAS ANTIOQUEÑAS: ENTRE LA TRADICIÓN Y EL CAMBIO

Luis Julián Salas Rodas

Sociólogo
Especialista y Magister en Ciencias Sociales 
Magister en Ciencias de la Educación
Director Ejecutivo de la Fundación Bien Humano
www.bienhumano.org


Las familias como grupo humano conformado por vínculos de sangre, de parentesco y afinidad es, a su vez, resultado de la historia, de la cultura y de la sociedad en la que se desenvuelve. Inherente a las funciones que cumple como la protección material, sicoafectiva, la socialización, la provisión económica las familias son portadoras, reproductoras y agentes de cambio de tradiciones, costumbres, valores, hábitos, normas y creencias.

La historia

La Antioquia de los siglos XVIII y XIX era una sociedad rural. Las familias derivaban su sustento de las actividades agrícolas y en menor medida de la minería y el comercio. La pequeña y mediana propiedad conformaban el soporte económico donde la titularidad estaba en cabeza del padre-hombre cuyo principal papel era el de fungir como proveedor económico de su grupo familiar. Su esposa legítima debía ocuparse de los oficios domésticos y de las tareas de la crianza y educación de los hijos. Casarse y tener descendencia era el mandato de la cultura. Tener una prole numerosa, asegurar el apellido y una familia para ejercer mando y dominio era el principal proyecto de vida de los hombres de esa época. No se concebía una vejez en soledad, sin el apoyo y la presencia de nietos y nietas. Un matrimonio sin hijos se consideraba una tragedia, una maldición bíblica. La división sexual, laboral y de género no daba lugar a equívocos. A diferencia de otras regiones del país en Antioquia la influencia de la iglesia católica fue determinante en la cultura y en la organización social. Todos los sucesos de la vida personal, familiar y comunitaria caían en la órbita vigilante y censurable del clero. No había una ética civil sino una fuerte moral católica. La vida religiosa era deseada y fomentada por los padres como destino para sus hijos. Otras formas de soltería, tanto masculina como femenina, eran objeto de crítica y condena social. El rezo diario era una práctica familiar muy arraigada entre los antioqueños.

No tener un apellido paterno y no hacer parte de un tronco familiar reconocido significaban la exclusión y la discriminación social y económica para la persona. Las oportunidades, el estatus, los empleos públicos, la identidad personal, el matrimonio dependían del tamaño y del peso de la parentela. ¿Quiénes son tus padres? ¿De donde procedes? ¿Con quien vives? ¿De quien eres pariente? ¿Qué tan blanco tienes la piel? Constituían los frenos y/o pasaportes de ascenso y movilidad social. La familia patriarcal imponía sus valores y normas. El padre como objeto de respeto reverencial por la vía del temor y no del afecto; la madre como objeto de exaltación afectiva por su modelo de abnegación y sacrificio; los hijos y las hijas como sujetos de propiedad absoluta de sus padres. El paternalismo, derivado de la familia patriarcal, impregnaba las relaciones y la convivencia con la servidumbre y con quienes se consideraba inferiores socialmente.

Inicios del cambio

El crecimiento vegetativo de la población y la imposibilidad de dividir, por herencia, la propiedad obligaron a la emigración de la prole numerosa a otras regiones. Fue así como a mediados del siglo XIX con la introducción del cultivo del café se dio inicio al proceso de colonización antioqueña en el territorio de los hoy departamentos de Caldas, Quindío y Risaralda. “Con el perro andariego y el hacha de mis mayores” cientos de familias hallaron y tomaron propiedad de baldíos oficiales, llevando consigo, además, usos y costumbres de la cultura paisa en la vida pública y privada.

Los cambios y transformaciones del siglo XX incidieron en las familias antioqueñas. En un siglo Medellín paso de ser un pueblo de 59.815 habitantes (censo de 1905) a una urbe de más de 2.200.000 de habitantes (censo de 2005). La industrialización y los fenómenos de violencia política contribuyeron al incremento poblacional y al predominio de la vida urbana. Las redes parentales y veredales sirvieron para hallar ubicación y acomodo en la ciudad. Barrios como Buenos Aires se conformaron con emigrantes del los municipios del oriente antioqueño. Medellín se pobló y creció gracias a las familias oriundas del departamento siendo la participación foránea escasa. En este sentido lo homogéneo, lo similar era la norma mientras que lo diverso y lo diferente era la excepción. Tanto ricos como pobres compartían similares tradiciones religiosas, culinarias y familiares. La migración campo ciudad no fue un proceso planeado, organizado. Una sociedad y una cultura poco tolerante a la aceptación de lo extranjero. Los nuevos emigrantes presionaron por empleos, servicios públicos, vivienda, salud y transporte. La urbanización pirata y los barrios de invasión desbordaron la capacidad de respuesta del Estado, la economía y la sociedad. La vivienda precaria y el asentamiento subnormal no era el entorno más propicio para albergar una prole numerosa. A diferencia de la vereda y el terruño, el barrio no proveía la subsistencia familiar. El “Pater Familias” y su familia patriarcal perdió su sustento material. El campesino, el labriego debe dar paso al obrero, al operario, al empleado. El ingreso familiar ya no se obtiene de la venta de legumbres, hortalizas, frutas o animales sino de un salario, de una vinculación laboral formal para la cual es necesario tener contactos, capacitación, experiencia y educación. Ante las nuevas circunstancias las familias se adaptan y emplean estrategias como el trabajo de la mujer y de los menores. Los hijos ya no están solo circunscritos a la influencia exclusiva de los progenitores o de sus parientes como en las comunidades rurales. El barrio y la ciudad los atraen para bien o para mal.


La modernidad

En los países occidentales el siglo XX posibilitó el reconocimiento de los derechos políticos y sociales de la mujer, su reconocimiento como ciudadana y su equiparación ante la Ley con el hombre. Su acceso a la educación, al mercado laboral, a la vida pública y a los métodos de planificación familiar conllevaron cambios significativos en su rol de madre y esposa. El ser ya coprovidente de los gastos del hogar replanteo sus funciones y estatus en la familia conllevando un quiebre más en la estructura patriarcal y en el tamaño de la prole. Cambios que son ya irreversibles en la sociedad. Las familias antioqueñas han sentido, también, los cambios que ha traído la modernidad. El aumento de las separaciones, los divorcios, en el incremento de la jefatura femenina, la reducción en el número de hijos, en los espacios de las viviendas, la eliminación de la potestad marital así como el tratamiento y consideración más equitativo en la relación de pareja. El siglo XX trajo consigo, también, la secularización de la sociedad y la perdida de influencia de la religión católica en la vida familiar. El Estado y la sociedad reconocieron las uniones libres, el matrimonio civil y el divorcio. El concubinato y la bigamia dejaron de ser pecado y delito.

Aquí y ahora...

¿Cuál es el panorama de las familias antioqueñas en los inicios del siglo XXI? Tres son los escenarios en los cuales las podemos ubicar y caracterizar: la tradición, la transición y la ruptura. Las tres formas coexisten en el presente y se dan bajo una misma estructura de parentesco. Existen familias conformadas bajo el rito católico, con pareja monogámica estable, padre proveedor y madre hogareña. Hay familias donde la pareja vive en unión de hecho, ambos trabajan y comparten los oficios domésticos, la crianza de los hijos y la relación se establece en un contexto de dialogo y democracia. Y otras familias, no las más numerosas, que han roto con la tradición, han superado la transición y se sitúan en el plano de la ruptura, aquí los roles de la pareja pueden estar invertidos, existiendo distintos arreglos para la vida doméstica y las relaciones con los hijos. Las familias no se están acabando, ni se van a desintegrar por completo. Se recomponen. Unas funciones se debilitan, otras pasan al Estado, otras se fortalecen. Si bien el enfoque de derechos, los progresos en la legislación, en la educación y en la conciencia colectiva propenden por una vida familiar más armoniosa aún persisten el abandono, el maltrato infantil, la violencia contra la mujer, el abuso sexual como factores atentatorios de esa armonía. Diversas situaciones de ambivalencia envuelven hoy a las familias antioqueñas: Por un lado la elegía a la unidad, la devoción a la madre, la nostalgia por la vida del campo, por crecer rodeado de hermanos y parientes; por el otro lado, el disfrute de una mayor autonomía personal, la libre determinación del estado civil, de vivir solo, en pareja o sin hijos y sin la tutela del que dirán los parientes o del cura párroco. Persiste el orgullo y la identidad que da un apellido, de ahí la reunión anual de parientes, de varias generaciones, que comparten un mismo tronco familiar; permanecen los lazos con el terruño de origen, de ahí las reuniones mensuales de las colonias. Se mantiene el gusto por la “bandeja paisa” sobre todo cuando estamos fuera del Valle de Aburrá y no fallan con las llamadas telefónicas semanales ni con el dinero de las remesas a sus familias quienes viven en el exterior. Las familias antioqueñas no olvidan las tradiciones pero las seduce el cambio...