Friday, October 16, 2009


EN MEMORIA DE ESTHER BROGGI AUGSTBURGER


Luis Julián Salas Rodas

Sociólogo
Especialista y Magister en Ciencias Sociales 
Magister en Ciencias de la Educación
Director Ejecutivo de la Fundación Bien Humano
www.bienhumano.org 

Medellín, 18 de marzo de 2003


Corría el año de 1967 cuando Antonio de 25 años y Esther de 24, recién casados, llegaron de Suiza para trabajar con la Brown Boveri en Colombia. Fijaron su residencia en Medellín y aquí permanecieron con nosotros por 21 años, los mejores de sus vidas, hasta 1988 cuando regresaron a su país. Provenza era entonces un agradable lugar habitado en su totalidad por familias, con vida de barrio donde los vecinos se conocían por sus nombres y sus ocupaciones. No sabíamos aun de unidades cerradas, de bloques de apartamentos, de administraciones, ni de porterías vigiladas. La calle, la cuadra, la manzana y la parroquia eran los espacios de encuentro y convivencia de niños, jóvenes y adultos.. Fue en este acogedor entorno donde la mayor parte de los aquí presentes pudimos entablar una relación de amistad sincera, cordial y leal con los Broggi. Fue aquí, en el “pueblito viejo”, como solía llamarlo Esther, que nació y creció su apego por esta tierra y por su gente. En compañía de Erika Rühle, otra gran amiga suiza que vivió también en Provenza, se hicieron famosas por portar con mucho orgullo el carriel antioqueño en lugar de la femenina cartera.

La música, la comida, las artesanías, los chistes, los modismos colombianos eran siempre motivo de conversación y tema para mostrar a los paisanos suizos que los visitaban. Y, lo más lindo de todo, fue que este cariño por nosotros no disminuyó nunca en los 15 años que vivió en Suiza a su regreso. En todos los rincones y paredes de su casa estaba presente una bandera, un afiche, una foto, un recuerdo de su gente y de su segunda patria. La música que escuchaba era, casi siempre, colombiana, y cuando en alguna ocasión al sintonizar la radio escuchó del locutor decir que la canción “Se va el caimán” era venezolana tuvo el arrojo de llamar indignada a la emisora a corregir el error y decir que era muy colombiana. Lucia con orgullo, también, camisetas alusivas a Medellín y a Antioquia; acompañaba con entusiasmo a los ciclistas colombianos de gira por Suiza y recolectaba entre sus amistades dinero para enviar a los niños de Ciudad Don Bosco, la obra social que tanto quiso y apoyó, aún en su funeral, pues fue su último deseo que sus familiares y amigos en Suiza no enviaran flores sino un donativo a la cuenta de Ciudad don Bosco en la oficina de Berna. Su enfermedad no le permitió realizar su más ferviente deseo: el de venir a Medellín a compartir y saber de nosotros. ¡Qué ejemplo! Qué lección de vida la que nos dio de amor entrañable a una tierra de la cual tantas veces renegamos y hablamos mal.

Escribió, con sabiduría, la madre Teresa de Calcuta que el egoísmo es la causa de todos los males de la humanidad. El egoísmo es ese sentimiento negativo que enrarece nuestra mente y corazón impidiéndonos compartir y convivir en armonía con el prójimo. Pero, no con la frecuencia deseada, la vida nos da el chance de conocer, tratar y aprender de personas excepcionales las virtudes del altruismo, de la generosidad, del desprendimiento y del servicio desinteresado a los demás. Y en Esther tuvimos la fortuna de encontrarla. Esther la que nunca negó una ayuda al necesitado ni hizo distinciones de clase social; Esther la amiga leal, la que nunca divulgo una confidencia; Esther la amiga que siempre tenía tiempo para escuchar y dar el consejo apropiado; Esther la amiga que siempre recordaba nuestros cumpleaños, la que jamás falló con la tarjeta de navidad, con la llamada oportuna, o con el ramo de flores en las fechas especiales, aun en los últimos tiempos de su penosa enfermedad. Esther la esposa amorosa e incondicional. Esther la amiga experta en el arte de dar y convidar. Esther la amiga cariñosa de niños y animales. Esther la mujer valerosa que lucho con entereza y dignidad contra su enfermedad, la que no dejo amargar su corazón por las pérdidas dolorosas de su padre, de su madre y de sus embarazos no llevados a feliz término. .

Cuando la vida nos priva de seres tan valiosos nuestra fe tambalea. Extraños son los designios del Señor que nos obligan a aceptar el padecimiento físico de una prolongada enfermedad y la muerte temprana de quien no quisiéramos desprendernos nunca. El Señor nos quita; el Señor nos da. Y fue aquí, en este querido barrio de Provenza donde perdí a mis padres biológicos, Luis y Celmira, y conocí a Antonio y Esther, mis padres putativos, a quienes debo mucho de lo que hoy soy. En su hogar un niño de 12 años halló afecto, apoyo, compañía y deseos de vivir. Han sido 33 años de inmensa felicidad compartida. La distancia y el tiempo no han sido obstáculo para mantener los vínculos, para querernos más.

Con mayor o menor intensidad comparten conmigo este dolor, esta profunda tristeza que tiene su origen, en parte, en el egoísmo. Si; a las personas comunes y corrientes nos cuesta mucho dejar de lado el interés propio y por eso lloramos por nosotros mismos, por lo que vamos a dejar de tener o disfrutar por la muerte del ser querido. El tiempo, ese aliado certero de la cura, permite recuperarnos, nos posibilita volver a vivir sin el recuerdo doloroso de los que han partido; porque ellos sólo mueren para nosotros el día en que los desterramos de la memoria. Y así como el llanto y la aflicción nos abruman en los primeros momentos, así después las remembranzas de los buenos tiempos compartidos nos alegraran el resto de nuestra existencia. No es posible desterrar de la memoria a una persona como Esther que dejó huella; que jamás infringió daño a los demás porque en su corazón no había cabida para el mal; de un ser que antes de preocuparse por sacar provecho de las circunstancias buscaba siempre aliviar el sufrimiento de quienes la rodeaban.

Muchas cosas extrañaremos de Esther: su amistad, su calidez, su bondad, su gratitud, su generosidad, además de sus expresivas cartas y puntuales llamadas. Doy gracias a Dios y a la vida por la oportunidad y el privilegio de haber podido disfrutar de su amor de madre y les pido que en sus oraciones tengan presente a Antonio, su esposo, a Verónica su hermana y a Rolf y Stefan sus sobrinos quienes, también, lamentan su ausencia.

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