La
solidaridad y la generosidad: dos valores humanos distintos, pero complementarios
Luis
Julián Salas Rodas
Sociólogo
Universidad
Pontificia Bolivariana
Especialista
y Magíster en Ciencias Sociales: Gerencia del Desarrollo Social
Universidad
de Antioquia
Magíster
en Ciencias de la Educación: Opción Desarrollo Social
Universidad
París XII
Exdirector
Ejecutivo de la Fundación Bien Humano
Expresidente
del Consejo Directivo de la Federación Antioqueña de ONG
@LuisJulianSalas
Blogs
en Google: Familia y Otros; Juntas Directivas ONG; ONG y Gerencia Social
Medellín
– Colombia
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Cuando ocurre una tragedia, un
evento natural catastrófico como un terremoto de alta intensidad que afecta
vidas, edificios, viviendas infraestructura y equipamiento comunitario se
activa la solidaridad como una expresión libre, voluntaria y desinteresada de
ayuda y socoro hacia las personas afectadas por la desgracia inesperada.
El impacto emocional de los
destrozos de la tragedia hace emerger las acciones y expresiones de solidaridad
como el rescate de víctimas atrapadas bajo los escombros por rescatistas
voluntarios especializados, el acopio, movilización y entrega por parte de
organizaciones sociales sin ánimo de lucro, de elementos esenciales para
afrontar la sobrevivencia como: agua, alimentos, carpas, elementos de aseo
personal, ropa y medicamentos. Estas primeras acciones de asistencia son
cruciales para atender la emergencia y las contingencias humanas causadas por
el desastre.
El problema con la solidaridad
es que requiere que surja y se manifieste la conmoción del impacto emocional
tanto personal como colectivo de ayuda y compasión. A medida que pasa el tiempo
el impacto emocional va cesando en las personas no afectadas materialmente y
como consecuencia se van reduciendo la cuantía de las donaciones tanto en
dinero como en especie. La solidaridad es tanto una práctica personal como
institucional.
A diferencia de la solidaridad
el valor de la generosidad no requiere, no necesita para manifestarse de una
conmoción colectiva, de un impacto emocional por causas externas porque ella,
la generosidad, es un valor inherente, constitutivo y permanente en la persona
que es portadora en su palabra, actos, obras y personalidad.
Las personas generosas siempre
están dispuestas al desprendimiento, a compartir lo que tienen de manera
espontánea, sin pedir nada a cambio y sin siquiera esperar un agradecimiento.
El valor de la generosidad impulsa, anima a hacer partícipe tanto de lo
material como dinero, objetos o bienes como lo inmaterial: tiempo, escucha
activa, acompañamiento.
Dice el proverbio que “la palabra
enseña, pero el ejemplo arrastra”. Sabio y cierto el proverbio ya que el valor
de la generosidad no se hereda, se introyecta en los hijos/as, desde la
infancia, cuando ven y perciben que sus padres la practican en personas con
situaciones de vida precarias o difíciles.
La empatía es otra
característica de la persona generosa que la motiva a comprender y ponerse en
la situación del otro. La generosidad empática no solo alivia sufrimientos;
además propicia la convivencia, la armonía, la fraternidad y la cohesión social
entre personas, familias y colectivos diversos y diferentes.
La promoción y reconocimiento
de la generosidad es necesaria para reducir los impactos discriminatorios y
excluyentes de las desigualdades en una sociedad. El hecho de ser diferentes no
debería implicar el considerarnos como desiguales.
Tanto la solidaridad como la
generosidad son muy importantes para asumir y superar los efectos adversos de
las contingencias tanto humanas y sociales como las causadas por los fenómenos naturales.
Son valores complementarios, cada uno
con un alcance definido y particular.
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